2010 no pinta bien. Las primeras dos semanas del año nos recibieron con un clima miserable, aumento de impuestos, un terremoto a mil 500 kilómetros de nuestras costas y, por si fuera poco, la noticia de la pérdida repentina de una parte fundamental de nuestra mexicanidad -la producción cervecera- a manos de un diligente consorcio holandés. Ni hablar de las ejecuciones (eso ya no es noticia), la ignominia habitual de nuestra clase política y las conjuras que adelantan que el año de la “recuperación económica” – que no moral- y del bicentenario (así, con minúsculas) se convertirá también en el año de la revuelta.Descartando de antemano la evidente tentación sensacionalista detrás de muchas de estas predicciones, uno no puede dejar de preguntarse hasta cuándo las frágiles redes de seguridad que previenen la radicalización lograrán evitar un escenario de violencia sistemática con fines políticos -y que podría dirigirse eventualmente a objetivos civiles-. Un escenario que, siendo sinceros, ningún mexicano en su sano juicio se sentiría feliz de experimentar.
A propósito de este tema traigo a colación el excelente artículo publicado el 14 de enero por Lorenzo Meyer: un análisis puntual de los factores que pueden desatar -o diluir- el fantasma que ronda los círculos de opinión, que han tenido a bien bautizarlo con el aciago nombre de “estallido social” – mejor conocido como la versión revolucionaria de “El Coco”-. Retomando textualmente el texto de Meyer, “el descontento generado por el deterioro de las condiciones materiales de vida puede no traducirse de inmediato en protestas callejeras, golpes de Estado o triunfo de la Oposición, pero con el correr del tiempo la sociedad tiende a pasar la factura política de su descontento”. Nadie podría cuestionarse ya que, eventualmente, la sociedad mexicana pasará su propia factura a la clase gobernante. La pregunta crucial es, ¿qué tan costosa será?
Mi predicción (o exceso de wishful thinking, si prefieren) es que, a pesar de lo malo que este año seguramente será, lograremos sortear los abismos del “estallido” generalizado, aunque las razones para ello no deberían ser motivo de orgullo. Me explico:
1) Cualquier intento por articular los numerosos focos de descontento presentes en nuestro país requiere de una clase media dispuesta a radicalizarse. La historia de prácticamente cualquier grupo en la lista negra de los servicios de inteligencia (llámesele EZLN, EPR o anarco-ecologistas defensores de conejitos) pasa necesariamente por una clase urbana y educada que, o bien decida tomar el asunto en sus manos, o que funja como bisagra entre el fértil, pero desorganizado, caldo de cultivo rural y los círculos intelectuales que pueden aportar una base ideológica que sirva como justificación para la violencia. Retomando a Meyer, en estos momentos los estratos sociales más bajos se encuentran demasiado ocupados con la supervivencia, mientras que la clase media -particularmente el sector joven- está obcecada en su propio -si bien ilusorio- estado de confort, entretenida -que no ocupada- en un universo de redes sociales, videojuegos, futbol y disfrute personal.
2) A pesar de la florida y violenta retórica que ejercemos hacia nuestros prójimos de manera cotidiana, el mexicano promedio desconfía del cambio radical y le teme a la confrontación directa. La “dictadura perfecta” (aunque tengo la tentación de remontarme también a la época colonial) nos enseño que, ante la opresión, la injusticia o la desigualdad, sólo existen dos opciones posibles: incorporarse al sistema, con la esperanza de brincar algún día la cerca y llegar a formar parte del establishment, o aceptar de mala gana el statu quo, confrontando -sin irritar- al poderoso en cuanto éste dé la espalda a través de infinitas formas y rituales de burla: máscaras grotescas, calaveritas en los diarios o, más recientemente, correos electrónicos repetidos al infinito denunciando la ignorancia, la insensibilidad, la estulticia o simplemente la mejor suerte de la nomenklatura: descontento sin violencia, sin organización y mediocremente apolítico. Excepciones que confirman la regla, como Acteal, Oaxaca o San Salvador Atenco, son las que en verdad deberían de preocuparnos y a las que me referiré más adelante. Baste decir que, a lo largo de nuestra historia reciente, ni siquiera aquellos líderes de masas que se han ganado- justificada o injustificadamente- la fama de “peligrosos” o despreocupados de la institucionalidad (López Obrador, sin ir más lejos) se han atrevido a invocar la violencia como mecanismo para expresar su descontento ante las instituciones políticas, no se diga para solucionar la desigualdad o reivindicar los derechos de los menos favorecidos.
Sin embargo, aunque un escenario de golpe de Estado/insurrección/guerrilla se vislumbre lejano, pecar de exceso de confianza -y particularmente en un entorno tan hostil como el que nos da la bienvenida en 2010- podría llevarnos a la desgracia. Anteriormente mencionaba dolorosas excepciones a la regla no escrita de que los mexicanos rehuimos a la confrontación violenta, y es ahí donde reside el verdadero peligro. Si hay algo que hemos aprendido de episodios como el de Oaxaca o San Salvador Atenco es que incluso la aparentemente infinita paciencia del mexicano descontento tiene límites. Y, siendo sinceros no necesitamos un pandemonium subversivo para darnos cuenta del daño que esos estallidos “espontáneos” le pueden hacer a nuestra sociedad. Un sólo episodio de violencia, regional o netamente local, es suficiente para provocar el pasmo de las autoridades, la ira de la población en general, la división de la opinión pública y, de paso, historias de horror en materia de derechos humanos que acapararán la atención de la prensa hasta que nuestra dispersa memoria colectiva y el siguiente episodio -muy probablemente más bochornoso que el anterior y a unos cuantos días de distancia- nos haga enterrar en el olvido el anterior.
A eso, me temo, ya nos hemos acostumbrado. El riesgo latente, improbable más no imposible, es que un día las circunstancias cambien y alguien se atreva a articular, con el apoyo de un reducido sector de la población, una factura que cobre décadas de injusticia, corrupción, arrogancia y, lo diré sin ambages, estupidez.
Si eso sucede, no habrá fondos suficientes para pagar una cuenta tan grande.

Escrito por santiagobg 





